“Nadie puede hacerse cargo de llevar el Mundo a sus espaldas.
Y sin embargo, todos llevamos la historia de este Mundo sobre las nuestras.”
Una historia donde lo magnífico y lo horroroso conviven en armonía y en promiscuidad, como amantes apasionados y como perros rabiosos.
Y el asombro, esa capacidad que siempre agoniza y siempre revive, habita en cada momento, en cada instante, en cada suspiro de nuestra soledad y de nuestro desvalimiento.
La familia sentada en la centenaria ceremonia de comer juntos en derredor de una mesa real o imaginaria, carga sobre sí esa historia y ese asombro.
Y es posible (¿porqué no?) que en esa mesa esté una niña o una joven, sujetos históricos del maltrato más atroz entre todas las atrocidades de la historia humana y destinatarias de los más bellos cantares que los humanos han sabido construir. Leer el resto del artículo »